El Problema Sucesorios tras la Muerte de Fernando VII
En 1827, el infante Carlos María Isidro emergió como líder de los sectores más reaccionarios en medio de conspiraciones realistas. La muerte en 1829 de Mª Luisa Amalia de Sajonia motivó a Fernando VII a casarse nuevamente para asegurar un heredero, resultando en el nacimiento de Isabel en 1830. El rey promulgó una Pragmática Sanción que permitía reinar a las mujeres, excluyendo a Carlos María Isidro y beneficiando a los liberales que apoyaban a María Cristina. Tras la muerte de Fernando VII en 1833, María Cristina asumió la corona en nombre de Isabel. Carlos María Isidro, en desacuerdo, lideró a los carlistas, iniciando la primera guerra carlista que se extendió hasta 1839.
El Carlismo: Ideología y Guerras
El carlismo, un movimiento político surgido durante el reinado de Fernando VII, defendía el absolutismo frente al liberalismo. Su nombre proviene de don Carlos María Isidro, hermano del rey. La persistencia del carlismo se explica por la oposición a las reformas liberales de sectores de la Iglesia, que rechazaban la soberanía nacional y la desamortización de bienes eclesiásticos, así como por el campesinado que no tuvo acceso a tierras desamortizadas y vio en el liberalismo una amenaza al orden tradicional.
La ideología carlista se fundamenta en los principios de Dios, Patria y Rey, negando el principio de soberanía nacional y defendiendo el absolutismo monárquico y la propiedad tradicional de la tierra. A lo largo del siglo XIX, ocurrieron tres sublevaciones carlistas. La primera guerra carlista se inició en 1833, tras la muerte de Fernando VII, y se extendió hasta 1840, centrándose principalmente en el País Vasco, Navarra y zonas montañosas de Cataluña.
El general Tomás de Zumalacárregui lideró a las fuerzas carlistas, logrando controlar áreas rurales pero sin conquistar ciudades importantes. La guerra culminó con el Convenio de Vergara en 1839, que garantizó ciertos derechos forales y reconoció los rangos militares a los carlistas que se uniesen al ejército isabelino, aunque don Carlos se exilió en Francia tras rechazarlo.
Las Regencias (1833-1843)
Regencia de María Cristina (1833-1840)
Gobierno Moderado (1833-1835)
Iniciado por los doceañistas, se promulgó el Estatuto Real, una carta otorgada que buscaba una transición del absolutismo al liberalismo. Se reorganizó el territorio en 49 provincias, buscando un modelo centralizado.
Gobierno Progresista (1836-1840)
Emergió tras el Motín de la Granja en el contexto de la guerra civil. Se restauró la Constitución de 1812 aunque más tarde se elaboró una nueva constitución en 1837, que aunque progresista, permitía al rey disolver las cámaras y contaba con un sufragio restringido. Este marco constitucional facilitó leyes como la eliminación de los diezmos, abolición de aduanas interiores, y la desamortización de bienes de la iglesia, liderada por Mendizábal, para financiar la guerra carlista.
Problemas Durante la Regencia de María Cristina
La corrupción política y decisiones como la Ley de Ayuntamientos, que limitaba la capacidad de los municipios, contribuyeron a la dimisión de María Cristina.
Regencia de Espartero (1840-1843)
Espartero, reconocido por su victoria en la guerra carlista, asumió el poder y gobernó de manera autoritaria. Su política librecambista generó rechazo entre los industriales catalanes y creó alianzas de oposición que incluyeron a moderados y vascos. En 1843, una revuelta liderada por Narváez resultó en la caída de Espartero, quien se exilió en Londres. La inestabilidad política y las tensiones entre los distintos grupos liberales marcaron la política española de esta época.
Reinado de Isabel II
Isabel II fue coronada a los trece años en 1843, durante una época de reformas que buscaban limitar los cambios promovidos por los progresistas en las regencias previas. Se fundó la Guardia Civil para garantizar la seguridad en el campo y se firmó un Concordato con el Vaticano en 1851. La nueva Constitución de 1845, de carácter moderado, estableció la soberanía compartida entre la Corona y las Cortes y limitó la autonomía local.
Durante la segunda guerra carlista (1846-1849), que tuvo lugar principalmente en Cataluña, las tropas carlistas, lideradas por Ramón Cabrera y Benito Tristany, fueron finalmente derrotadas por el ejército de Manuel Gutiérrez de la Concha, pero los focos de resistencia carlista persistieron en diversas regiones hasta 1860 gracias al apoyo popular.
El Bienio Progresista (1854-1856)
El Bienio Progresista (1854-1856) surgió tras años de corrupción en el gobierno moderado. Un nuevo pronunciamiento (la Vicalvarada) trajo de vuelta a los progresistas al poder. Durante este breve periodo, se empezó a redactar una nueva constitución, aunque nunca se llegó a aprobar, y se restauraron la Milicia Nacional, la autonomía municipal y las diputaciones. Se reanudó la desamortización bajo Pascual Madoz y se adoptaron leyes que facilitaron la inversión en la industrialización del país, incluyendo la ley de Ferrocarriles de 1855, que impulsó la economía.
Sin embargo, en 1856, un golpe de Estado liderado por O’Donnell interrumpió estas reformas y nació el partido Unión Liberal. El gobierno de O’Donnell (1858-1863) se benefició de buenas cosechas y de un auge comercial gracias a las colonias en Cuba y Filipinas, además de la guerra de Secesión en EE.UU. que favoreció las exportaciones españolas. El gobierno centrista también intervino en diversas operaciones coloniales en Conchinchina y África del Norte.
Mientras tanto, el Partido Demócrata y el republicanismo comenzaron a ganar impulso entre las capas ilustradas y se formaron las primeras organizaciones obreras, ante lo cual los gobiernos moderados reprimieron las demandas de libertad y justicia social generadas por estas nuevas corrientes.
A partir de 1866, la corrupción de la Corte de Isabel II y una crisis económica agravaron el malestar en España, provocado por el fin del auge ferroviario y el encarecimiento del algodón. Tras la represión de manifestaciones, surgió el Pacto de Ostende entre progresistas y demócratas, lo que desencadenó la revolución de septiembre de 1868, conocida como la Gloriosa, que culminó con la caída de Isabel II.
La Primera República Española en el Contexto del Sexenio Democrático (1868-1874)
Durante el reinado de Isabel II, la corrupción y la crisis industrial provocaron agitación social, como la sublevación de los sargentos del cuartel de San Gil en 1866, y culminaron en la Revolución Gloriosa de 1868. Este movimiento, liderado por figuras como Prim y Serrano, derrocó a la reina, quien se exilió en Francia. Los revolucionarios aspiraban a una nueva Constitución que garantizara la democracia y la división de poderes. Tras elecciones, se promulgó la Constitución de 1869, estableciendo libertades democráticas, sufragio universal masculino y libertad religiosa, decidiendo por una monarquía sin rey tras la exclusión de los Borbones.
Se instauró una regencia presidida por Serrano, mientras Prim era jefe de Gobierno. No obstante, la inestabilidad política y la guerra en Cuba comenzada con el Grito de Yara complicaron la situación. Dentro del marco político, se constituyeron cortes elegidas por sufragio universal, con una mayoría centrista y varias facciones de izquierda y derecha. La elección de Amadeo de Aosta como rey en noviembre de 1870 fue la solución a la cuestión monárquica. Sin embargo, su reinado, que tuvo lugar entre 1871 y 1873, se vio afectado por la oposición de la nobleza y la burguesía, además de la presión de movilizaciones obreras que pedían una república.
La situación se tornó insostenible tras el asesinato de Prim, su principal apoyo. Finalmente, Amadeo abdicó el 11 de febrero de 1873, y las Cortes proclamaron la República de manera pacífica.
La inestabilidad política caracterizó el breve periodo de la Primera República Española, que tuvo cuatro presidentes en su año de existencia. Estanislao Figueras, un republicano moderado, enfrentó una oposición significativa de los federales al implementar medidas democráticas como la amnistía y la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, a pesar de conflictos como la tercera guerra carlista.
El triunfo de los republicanos federales llevó a Pi i Margall a la presidencia, donde intentó aprobar una nueva constitución, pero sus diferencias con los republicanos intransigentes desembocaron en la sublevación cantonal. Este movimiento buscaba mayor autonomía y un reparto equitativo de la riqueza, comenzando en ciudades del sur y levante, con Cartagena como la primera en proclamarse como Estado independiente.
La incapacidad de Pi i Margall para consolidar la constitución y controlar la revolución resultó en su dimisión. Nicolás Salmerón lo sucedió pero, al negarse a firmar penas de muerte, también dimitió. Emilio Castelar asumió el cargo con el intento de restablecer el orden ante los conflictos en Cuba y con los carlistas, aunque finalmente su gobierno fue interrumpido por un golpe de Estado del general Pavía, disolviendo las Cortes y finalizando la República.
El general Serrano asumió el poder, suspendiendo la Constitución, mientras Cánovas del Castillo preparaba el regreso de la monarquía. El 29 de diciembre de 1874, Alfonso XII fue proclamado rey de España.
Pervivencias y Transformaciones Económicas en el Siglo XIX: Un Desarrollo Insuficiente
En el pensamiento liberal, la propiedad se vincula estrechamente con la libertad. A comienzos del siglo XIX, la economía española estaba centrada en la agricultura, un sector que, debido a su forma de tenencia de tierras heredada del sistema feudal, era ineficaz. La necesidad de reformar la agricultura era urgente.
La Desamortización
La desamortización, que fue clave en la revolución burguesa, transformó el sistema de propiedad y tenencia de la tierra en España. Este proceso se realizó de manera discontinua desde finales del siglo XVIII, destacando las desamortizaciones de Godoy, la Guerra de la Independencia, el Trienio Liberal y las más significativas de Mendizábal (1836-1851) y Madoz (1855-1924). Los reformistas del siglo XVIII ya proponían cambios en el sistema señorial de propiedad, dado que una parte considerable de la tierra pertenecía a manos muertas, como la nobleza y bienes eclesiásticos. Estas tierras, que no podían ser vendidas ni capitalizadas, necesitaban ser transformadas en propiedades privadas susceptibles de mejoras. El proceso de desamortización comenzó con leyes que desvinculaban los bienes de la nobleza y expropiaban propiedades eclesiásticas y municipales. Dicho proceso, que incluía la conversión de estos bienes en nacionales y su posterior venta, permitía al Estado reducir su déficit y amortizar su deuda.
La desamortización eclesiástica continuó bajo Carlos IV y se intensificó tras la muerte de Fernando VII, con Mendizábal encargándose de la venta de bienes del clero regular durante la guerra carlista. En 1837, se ampliaron las leyes para incluir bienes del clero secular. Durante el reinado de Isabel II, Madoz promulgó la Ley de Desamortización General en 1855, que abarcó tanto propiedades municipales como eclesiásticas no vendidas, destinando los ingresos a la industrialización y expansión del ferrocarril hasta 1924.
La desamortización en España tuvo profundas consecuencias sociales, económicas y culturales. La burguesía emergió como la principal clase terrateniente al adquirir propiedades en las subastas, lo que generó un aumento en la producción agrícola. Sin embargo, este proceso no constituyó una verdadera reforma agraria, ya que no benefició a los campesinos, quienes fueron desplazados hacia un proletariado agrícola creciente, alcanzando más de dos millones de jornaleros sin tierra.
Además, se estima que hasta un 50% de la tierra cultivable cambió de propietario, impulsando la mecanización y especialización en la agricultura, especialmente en regiones como Levante y Andalucía, donde se intensificaron cultivos para exportación.
Culturalmente, la desamortización resultó en un expolio masivo de bienes de monasterios y otras instituciones, con la pérdida irreversible de muchas obras y objetos valiosos, que fueron vendidos a precios bajos y en muchos casos enviados al extranjero. Se establecieron comisiones en 1840 para intentar proteger estos patrimonios, pero con escaso éxito.